Percepciones de Desigualdad y sus Consecuencias Políticas por Carolina Segovia

CS

Comentario de Carolina Segovia*

En ¿Por qué aumenta la sensación de injusticia en Chile?, Raimundo Frei expone evidencia contundente de dos importantes elementos que caracterizan a la economía y la sociedad chilena en las últimas décadas.  Primero, que los niveles de desigualdad de ingreso han disminuido entre 1990 y 2015, aun cuando estos datos todavía nos ubican dentro de los países de la OECD con mayor desigualdad.  En otras palabras, la evidencia es positiva desde un punto de vista histórico –la desigualdad disminuye-, pero también negativa: Chile permanece con niveles de desigualdad muy superiores a países desarrollados y en la media de lo observado en el contexto latinoamericano.  En segundo lugar, Frei muestra que las percepciones de desigualdad económica han aumentado en los últimos 20 años. En efectos los chilenos perciben mayor desigualdad entre los ingresos, mayor desigualdad en el acceso a servicios básicos como la educación y la salud, y también desigualdad en el trato.  No sólo la percepción de desigualdad aumenta, sin embargo: también parece haber una mayor crítica a ella, observándose juicios que apuntan hacia resultados que no son justificables y tampoco justos. Las desigualdades percibidas irritan y generan sentimientos de injusticia.

El contraste de estos resultados –disminución de desigualdad y aumento de percepción de desigualdad- lleva entonces a preguntarse por la relevancia social y política de la desigualdad. Si la desigualdad ha disminuido, ¿no sería más apropiado que el país se enfoque en otros temas que pudieran resultar más apremiantes? Si los ciudadanos no tienen un buen conocimiento de estas materias, ¿no sería mejor dejar de lado esta discusión?  En lo que sigue abordaré la relevancia que el tema de la desigualdad tiene en el campo político, y los efectos que las percepciones de desigualdad pueden tener.

En The Semi-Sovereign People, Schattschneider (1960) escribió “the heavenly chorus sings with an upper class accent”, mostrando cómo la desigualdad se manifiesta no sólo en las diferencias de ingresos, sino que también en el nivel de influencia que las personas o grupos tienen en los gobiernos.  Estas diferencias en poder económico llevarían, de acuerdo a este autor, a desigualdades relevantes respecto de cuáles voces son escuchadas por el sistema político, produciendo problemas y sesgos en la representación de intereses. 

La investigación empírica contemporánea ha mostrado que Schattschneider estaba en lo correcto.  Gilens (2012), por ejemplo, analiza las posiciones en temas de políticas públicas que tienen distintos grupos socioeconómicos y cuáles de ellas aparecen más y mejor representadas en la discusión pública en Estados Unidos.  Una de las principales conclusiones de este trabajo es que son las voces y preferencias de aquellos con mayores recursos las que se ven mejor representadas.  Bartels (2008), por su parte, muestra que los congresistas responden en sus votaciones a los votantes de mayores ingresos, mientras que la opinión de aquellos con menores ingresos están subrepresentadas.

Por otra parte, en el análisis de la participación de grupos de interés también se observa un sesgo relevante. Para el caso de Estados Unidos, Schlozman et al (2012) muestran que los grupos asociados a intereses empresariales están más representados en la discusión legislativa (ver también Baumgartner & Leech 2001).  Resultados similares se observan para Chile (Gamboa et al 2016).

Finalmente, la evidencia también muestra que existen sesgos asociados a ingresos en los niveles de participación ciudadana. En efecto, se ha observado que las tasas de participación electoral son mayores entre aquellos con mayores ingresos (Anderson y Beramendi 2008, Solt 2008 y 2010).

Lo que esta investigación muestra es que no podemos desestimar el problema de la desigualdad. Los patrones de desigualdad en la distribución del ingreso tienen efectos en los patrones de expresión de preferencias en el sistema político, en el nivel de representatividad política de los sistemas, y en las políticas públicas que son adoptadas.  Es así como las voces que más se expresan, las que más se escuchan y las que tienen mayor influencia son las de aquellos con mayores ingresos. 

En síntesis, entonces, altos niveles de desigualdad económica (como los que hay en Chile) parecen replicarse en el campo político.  En el escenario actual en que se discute sobre problemas o crisis de representación del sistema político chileno, los datos entregados por Frei permiten una mejor comprensión respecto de estos problemas.

 

* Carolina Segovia es Profesora de la Escuela de Ciencia Política de la Universidad Diego Portales y Doctora en Ciencia Política de la Universidad de Michigan (Ann Arbor).

 

Referencias

  • Bartels, Larry M. (2008). Unequal Democracy. The Political Economy of the New Gilded Age. New Jersey: Russell Sage Foundation & Princeton University Press.
  • Baumgartner, F. R., & Leech, B. L. (2001). Interest niches and policy bandwagons: Patterns of interest group involvement in national politics. Journal of Politics, 63(4), 1191-1213.
  • Anderson, C., & Beramendi, P. (2008). Democracy, Inequality, and Representation: A Comparative Perspective. New York: Russell Sage Foundation.
  • Gamboa, R., Segovia, C., & Avendaño, O. (2016). Interest groups and policymaking: Evidence from Chile, 2006–2014. Interest Groups & Advocacy, 5(2), 141-164.
  • Gilens, M. (2012). Affluence and influence: Economic inequality and political power in America. New Jersey: Princeton University Press.
  • Schattschneider, E. E. (1960). The Semi-Sovereign People. New York: Holt, Reinhart & Winston.
  • Schlozman, K. L., Verba, S., & Brady, H. E. (2012). The unheavenly chorus: Unequal political voice and the broken promise of American democracy. New Jersey: Princeton University Press.
  • Solt, F. (2008). Economic Inequality and Democratic Political Engagement. American Journal of Political Science, 52(1), 48-60.

  • Solt, F. (2010). Does Economic Inequality Depress Electoral Participation? Testing the Schattschneider Hypothesis. Political Behavior, 32(2), 285-301.